domingo, 10 de mayo de 2015

DE LA EMOCIÓN AL PLATO

Mi hijo mayor lleva para desayunar al instituto una banana y una manzana casi todos los días.
Según él, le llaman el “sanito”.
Me alegró mucho cuando me lo dijo. Entonces caí que igual para él no era demasiado agradable.
Compré pan y me puse a hacerle bocatas. Los embutidos veganos son caros y hechos muchos con gluten...se puede comer a veces, pero bocata de gluten me parecía demasiado. No quería bocatas de aguacate, tomate y pimiento, que son los que yo me puedo hacer. De tofu, tampoco parecían gustarle.
Le di vueltas y vueltas para hacerle bocatas de todo tipo, de hamburgueses vegetales, patés...
Todo para que no fuera diferente.
Entonces me confesó que no quería más bocatas. Que con la fruta se sentía mejor, más ligero y más atento.
Ahora ya no sé qué pensar, si es cierto o es que realmente aún pasaba más vergüenza con mis bocatas “sanitos”.
Hemos facilitado las coses, lleva fruta cada día y algunos días galletas de maíz, otros galletas dulces, otros palitos de trigo con semillas.
A veces me siento absurda queriendo hacer todo como lxs otrxs y adaptando lo que antes comía a la cocina vegana. Si bien es cierto que puedes hacerlo todo, un bocata de chorizo vegetal, mortadela, una fideuá con un intenso gusto de mar, una mayonesa sin huevo, merengue, albóndigas...TODO, hay siempre un punto curioso en la continua imitación.
Es ridículo leer cajas de comida vegana donde dice, “con gusto de pollo”. O hacer una carbonara con bacón vegetal. ¿Es necesario?
Entonces recuerdo que hay una conexión emocional con la comida.
Aquel arroz de la abuela. Aquella sopa de mama. La pizza de papá. Las croquetas de la suegra. El pan tostado.
Involuntariamente, a veces, intento que mis platós se parezcan a aquellos.
Esta es la parte donde me doy cuenta que aunque quiera cambiar de raíz algunos hábitos, hay otros que están solapados a recuerdos confortables.
Mi aspiración: que mis hijxs guarden como confortables el gazpacho de mamá, el zumo gigante de naranja, la fruta a dados después de la siesta, la Leche de avellanes con dátiles y vainilla, la crema de verduras, las galletas de algarroba y coco.


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